Un utillaje que deja pasar unidades malas es peor que no tener utillaje: convierte un problema de calidad en una confianza documentada y falsa.

La prueba de fin de línea es el último momento honesto de una fabricación. Todo lo anterior es proceso; todo lo posterior es embalaje. Por eso el utillaje que ejecuta esa prueba pesa más de lo que sugiere su coste.

La validación empieza con unidades buenas y malas conocidas. Que un utillaje deje pasar unidades buenas prueba poco: lo interesante es si detecta los fallos. Sembramos defectos deliberados —una conexión ausente, un componente fuera de rango, una polaridad invertida— y comprobamos que cada uno se detecta y se reporta como el fallo correcto.

Luego viene la repetibilidad. La misma unidad probada diez veces debe dar el mismo veredicto, y los valores medidos deben quedar holgados dentro de los límites. Una prueba que pasa al 0,98 del límite empezará a rechazar unidades buenas el día que cambie la temperatura ambiente.

Por último, el utillaje necesita dueño y vida útil. Los contactos se desgastan, los cables fatigan, las unidades de referencia derivan. Registramos su verificación junto a la calibración.

— Equipo de ingeniería de GANI Contract Manufacturing